miércoles, junio 17, 2009

Apenas lo conocía y se murió

Tiene veinte años pero ya habla como vieja.” Todos los hombres son iguales”. Mi alumna sufre de un mal extendido. Una pandemia juvenil de la que la OMS no tiene ni idea: el desengaño.

  • No digas eso.

  • No profe, todos los hombres son iguales.

La tomo del brazo y saco de lo más profundo de mi alma una enseñanza aprendida en un monasterio de monjes budistas. Repito una por una las palabras de la metáfora enseñada por el maestro Po:

- “Si construyes una casa y te toca clavar en una pared y de pronto se dobla el clavo, ¿desconfiarías de todos los clavos? ¿dirías que todos los clavos son iguales?

La chica me mira, sonríe.

- No, sería estúpido, deben haber otros clavos que sirvan.

- Hay que confiar, siempre hay que confiar.

La alumna se va y comenta algo con una amiga. Nunca sabré de qué hablan.

La verdad nunca estuve en monasterio budista alguno y salvo el administrador del Chung Yiong de Barranco, no conozco a nadie que se parezca al maestro Po. Más allá de tres países de Sudamérica, no viajé nada más. De Europa sé por la TV y de China nada. Pero refrendo lo dicho. Incluso agrego que tengo un maestro Shaolin. Un referente que me ha guiado en los últimos tiempos y cuyos conceptos repito como una letanía.

Y al comienzo me costó ingresar al templo.

-¡Sé que te va a gustar, míralo una vez y me dices!

Me lo había dicho tantas veces que ya sonaba a súplica. Soy un fanático de las series, sin embargo no me atraía la que me recomendaba El Cholo. En ese momento mi mundo discurría por Nip Tuck, The Shild, Dr House y Sex and the city. No hacía falta más.

Durante varios años, muchos, mi hijo me pidió que viera Kung Fu, serie de los años 70 que hasta ahora lo tiene cautivado. Formado bajo enseñanzas orientales, específicamente del budismo, y hábil practicante de Tai Chi, con medalla internacional y todo, sentí que Kung Fu era atractiva para gente como mi hijo, metido en disciplinas similares. Cholo hacía años que estaba en el tema y sus maestros Jota y Paul, se habían convertido en mis amigos. Con Paul y otros chicos se fueron a competir a Brasil y El Cholo trajo una medalla de bronce. Fue una gran emoción. El mundo al que había ingresado me gustaba. Casi siempre el desayuno era el momento cuando me contaba sus descubrimientos filosóficos y yo me entusiasmaba, y debatíamos, y aprendía un montón. Con el tiempo internalizaba las partes que más me interesaban, leía alguito más y luego lo comentaba en mi programa de radio. Esos años fueron de gran enseñanza, siempre lo digo: cuando mi hijo entró a estudiar budismo me cambió la vida. Si, no es exagerado, me cambió la vida. Como si fuera una lección aprendida por ósmosis, logré practicar algunas de las cosas que conversábamos. De lo que me contaba se me quedó una frase “ Hay que esperar lo mejor, pero hay que estar preparado para lo peor” Le hacía competencia a mi otra frase favorita, la de San Agustín: “deseo poco y lo poco que deseo lo deseo poco”.

Con el tiempo me convertí en un “budista light” como me decía El Cholo. Me parecía simpático y hasta ahora me defino así filosófica y religiosamente, budista light. Sólo dos cosas no me cerraban de toda esta experiencia, ver la serie Kung fu y practicar Tai chi. Con el Tai chi lo intenté, claro. Recuerdo como si fuera ahora, mis primeras clases en la azotea de nuestra casa de Chacaltana, en Miraflores. Mi hijo enseñándome un arte del que fui un aplicado alumno sólo en dos clases. Mi hijo enseñándome, que simbólico, esa ha sido una constante en vida. ¡Lo que he aprendido con El Cholo!

Si con la disciplina oriental llegué a dos clases, con la serie nada. Ni un bloque, ni siquiera la presentación. Nada.

Mi hijo se fue a Estados Unidos y tal vez la lejanía, la nostalgia, las ganas locas de verlo y principalmente sentirlo, me hicieron comprar la primera temporada de la serie. Él había seguido insistiendo por teléfono o skipe. “ mírala, te va a gustar” Un día le di la sorpresa. “Adivina” Claro que se sorprendió. “Las cosas ocurren cuando tienen que ocurrir, ni antes ni después” le dije sacando lo mejor de mi repertorio de budista ligth.

Hace unos meses, religiosamente, todos los lunes de 9 a 11, justo después de dejar a mi esposa en su trabajo y antes de iniciar mis clases en Alas, tengo mi contacto con Kung Fu. Cada siete días, que es cuando tengo tiempo, descubro un mundo alucinante. Una persona, Caine, entrañable y querida. Una bocanada de oxígeno que me sirve para entender al mundo e intentar ser cada día mejor. Cada capítulo me hace crecer. No es que alguien vea la serie y empiece a cambiar, no. Tiene que ver con otra cosa. Con caminos elegidos desde antes. Con el amor por la vida, por ver a los animales como nuestros hermanos menores. Con practicar la tolerancia que nos hace mejores seres humanos. Tiene que ver con la espiritualidad a flor de piel. No cada siete días, que es cuando veo la serie, o cuando algunos van a misa. Tiene que ver con el compromiso diario, horario, y claro que es difícil. Y por supuesto tiene que ver con lo que vivimos antes. Con los días del Cholo en la Casa de Cartón, que es cuando empezó todo. Cuando comenzamos a soñar con cambiar el mundo, o por lo menos nuestro mundo, y en eso estamos. Tiene que ver con las películas que vemos, con la música y las lecturas que nos hacen sensibles. Con nuestra admiración por Cuba, con el respeto al hombre, se llame como se llame o se vea como se vea. La serie es un complemento de nuestra opción de vida. De esa vida que vamos construyendo con El Cholo todos los días, a pesar de la distancia.

Mi hijo me muestra su próximo post, es sobre lo ocurrido en Bagua. Y tiene que ver con esa apuesta por la vida de la que tanto hablamos y que él aprendió en sus clases de budismo. Y yo aprendí de él. Finalmente somos dos personas que luchan por ser mejores. Y les cuesta, claro que nos cuesta. Hablamos hasta que nuestro plato se enfría y así, él en Florida y yo en Surquillo, seguimos luchando contra esas incoherencias imposibles de superar. Y ahí están el maestro Po y el Pequeño Saltamontes diciéndonos qué hacer ante un problema. Gracias Pequeño Saltamontes, me dolió tu muerte. Puta madre que me dolió. Mi esposa me llamó para contarme la mala nueva. Con delicadeza, sabiendo que me dolería. Como una madre le puede contar a su pequeño hijo sobre la muerte de su héroe. Es que afortunadamente sigo siendo un niño, ese que Exúpery nos dice que no matemos. Y por supuesto que Caine era mi héroe. Ha muerto me dice, pienso en mi hijo. Lo quiero llamar pero estoy en clase. Se me parte el corazón. Mis alumnos siguen luchando con la tilde. El maestro me diría que no sea ansioso. En la noche lo llamo. Mi hijo por supuesto que también está tocado. “el Pequeño saltamontes no le hizo caso al maestro Po”. Me dice y mi corazón se encoje un poquito.

Nos vemos el lunes mister Caine. Gracias por todo.

Gracias también Cholo.

jueves, febrero 19, 2009

Escucho Oh, Sister de Bob Dylan y me sale esto, sin posibilidad de cernirlo ni negarme a escribirlo.

Un día te fuiste y quedaron palabras en el aire y por más que te buscaron no pudieron alcanzarte. El barrio era oscuro hasta que tu salías. Lo malo es que lo sabías. La casa oscurecía cuando te ibas pero eso nunca lo supiste. Un día , muy pequeña, descubriste que entre el amor y el odio no habían diferencias. Quien te quería te golpeaba y con el tiempo creíste que eso era lo normal. Por eso siempre esperaste un golpe del que te amaba, creíste que así debía ser. Nunca te dije que te quería porque nunca creí en esas dos formas de "amar". Y en eso se me fue la vida. Qué lugares iluminarás ahora. Quién te amará y cuantos golpes soportaras a cambio de cariño.

miércoles, enero 28, 2009

Hombre sin brazos tomando desayuno

Seguro que lo ha visto. Debe tener unos sesenta años, le faltan los dos brazos pero le sobra sonrisa. Su centro de operaciones está en el puente Aramburú de la Vía Expresa. Se acerca al carro, te dice algo y aunque nunca le des nada, te regala una sonrisa. Es posible que sea una impostación “marketera”, no importa. Verlo sonreír a pesar de su estado es conmovedor. Y ya van varios años que lo hace. Hace algunas semanas, como casi todos los días, pasamos con mi esposa y lo vimos, pero en una faceta distinta. Estaba tomando desayuno. Era increíble. Una de las cosas más alucinantes que he visto. Una especie de Toulouse Lautrec encima de la Vía Expresa. Era como un cuadro de Dalí que se salía del marco y te tocaba. Una imagen extraña. Lo grotesco, lo anecdótico y lo profundamente humano se unían en esa imagen. Sí, era un cuadro de Dalí: “Hombre sin brazos tomando desayuno”. Una señora, la que le vendía la merienda, lo ayudaba a tomar su desayuno colocándole el vaso en la boca e inclinándoselo. Era una escena muy tierna. Nos conmovimos. Mi esposa y yo nos quedamos con la boca abierta. Por supuesto que tuve que decir algo. Tal vez fue un mecanismo de defensa, quizá fue simplemente esa inevitable fuerza interna que me acompaña hace tanto y me dice: sé gracioso, chico, sé gracioso, esta es una buena oportunidad. (Eso de “chico” me hace pensar que la vocecita esa debe ser centroamericana). Y por supuesto que lo dije: ¿Y cómo hará para ir al baño? ¿Y se hará la paja? Nos reímos pero la verdad es que quedamos conmovidos y, por lo menos yo, agradecido de todo. Mirar a ese tipo te hace ver todo tan chico. Tus problemas no existen. Problemas son los del hombre sin brazos tomando desayuno, y que a pesar de todo se acerca y te da una sonrisa. Así no le des nada.

viernes, enero 16, 2009

Simplemente salió

Me siento frente al teclado sin saber claramente a donde iré. Hace rato que no escribo ni una línea. Pensé que la publicación de mi libro iba a ser un estímulo pero no. En realidad tampoco es que haya dejado de escribir por eso. Simplemente no sale nada. Tengo muchas ideas y eso es como no tener ninguna. Ahora, como tantas veces, me siento a escribir casi obligado por una voz que me dice que debo hacerlo. Lo hago por obligación y de hecho estas líneas es lo más lejos que he llegado. Seis, siete o diez líneas. Qué bárbaro, no creí llegar tan lejos. No, por lo menos hoy no. Las últimas mañanas me las pasé ordenando la música de Tunes para luego pasarla al ipod. Tunes es lo máximo pero puede ser un castigo para un obsesivo como yo. Tengo como diecisiete listas. Hace poco cambié de computadora y por eso tuve que empezar de nuevo y pasar las cerca de cinco mil canciones que tengo a las listas : Jazz, Beatles, Cholo, Lindo, lindo…., Tropical, Sinatra y otros, rock español, reunión, Italia, Francia, clásica, noventa, ochenta, sesenta y navidad. Hay alguna otra que no recuerdo. No importa. Es decir que luego de pasar las cinco mil canciones tuve que ordenarlas en sus listas. Algunos nombres dejan ver cuál es su interior. Otras son parte de un código propio. ( Dejo de escribir unos diez minutos porque mi hijo se comunica por Skipe ) Cholo es la música de mi hijo, me gusta y siempre que empiezo el día la pongo. Comienza con los Belkins, sigue con La Buena vida, Arcade Fire, Belle & Sebastian y Magnetic Field. Vienen otras pero casi siempre mi trabajo en la computadora llega hasta ahí. Lindo, lindo… es música en español de los sesenta y setenta. El nombre tiene que ver con un programa de La Inolvidable que escuchábamos con mi esposa. Cuando el locutor ponía una canción que le gustaba mucho, decía…lindo, lindo, lindo… Las demás son fáciles de entender. La lista reunión es la que hago cuando viene gente a la casa. Ya he dicho que soy misántropo por lo tanto invito a poca gente por acá. Eso sí los que vienen son bienvenidos, no cualquiera viene por aquí. La última vez, el sábado pasado, fueron Hernán Migoya y Roberto Del Águila con sus respectivas esposas. La lista reunión la hago de acuerdo a la gente que viene y es ahí cuando empiezan mis obsesiones. Qué música pongo. En esta ocasión puse 235 canciones para escucharlas durante más de trece horas. No es que pensara que la reunión iba a durar tanto, pero ponía canciones que luego se me hacía difícil sacar. Soy tan loco que pienso que se ofenden si las saco y no quiero ofenderlas. Estoy loco. Otro problema que tengo es qué canciones pongo primero. Claro, es lógico pues esas o las escucho yo, o los que llegan primero, los que vienen después se las pierden y eso me pone mal. Es un lío mental. Hacer esta lista, poco a poco, me puede llevar una semana o diez días. Ser obsesivo es un tema. Aunque tan malo no debe ser pues en este caso me sirvió para escribir algo después de tiempo.

martes, abril 22, 2008

YA ESTABA ENCAMINADO

Ya está encaminado. Así decían las abuelas cuando los nietos alcanzaban la madurez. El padre, casi siempre asustado, equivocándose a cada paso y atormentado por la formación del hijo, muchas veces no podía ver que el chiquito ese que lloraba por todo, que tenía una facilidad increíble para meterse en problemas, ya era mayor. Las abuelas, desprovistas de la responsabilidad directa de la crianza, eran sabias y podían ver que el “bebito” ya era todo un hombrecito. Y tal vez sin diminutivos. Ya estaba encaminado. Hago toda esta reflexión a partir del año y medio que mi hijo vive en West Palm Beach. La vida, la crisis limeña, la falta de oportunidades, el no tener una familia influyente; en fin, el ser parte de la mayoría de peruanos, lo llevaron a Estados Unidos. Fue dura la decisión pero acertada. Y fue terrible el dolor de la separación. Fue como si me sacaran una extremidad sin anestesia. Lloraba como loco. Llegué a creer que me moriría de la pena. Veintisiete años juntos, pasando por todo; con plata, sin plata; con miedos, con sueños lejanos; solo, casi siempre solo con mi hijo, luchando pero sobre todo riendo. Y un día se fue. Ese chico al que enseñé a volar cometa y se ponía tenso agarrando la pita como si de eso dependiera el futuro del mundo; ese pequeño, algo más grande, un día agarró a sus dos labradores y se fue a los Estados Unidos. A descubrir ese gran país y a vivir por primera vez con su madre. No sé que fue más complicado. Me mataba no verlo, no levantarme a llevarle el desayuno a la cama, no jugar Play y pelearnos. No escuchar las canciones que descubría todos los días y yo pacientemente escuchaba. Me mataba no saber de sus amores, de sus sueños. Todo eso era terrible pero era peor aún imaginarlo en el inmenso Estados Unidos, luchando en soledad por encontrar un espacio en el gran país del norte. Nunca nadie sabrá cuánto sufrí. Cuánto puteé contra el Perú por ser esa nación de privilegios y exclusiones. Como muchos padres pensé que el Cholo aún no tenía la madurez para vivir lo que le había tocado. Mentira. Desde el primer día que se fue, me demostró que el trabajo no fue en vano. Que ser barredor, guachimán, vendedor ambulante y demás valió la pena. No lo sabía, pero el chico que se ponía nervioso cuando volaba cometa, ya estaba encaminado. Hace un año empezamos una fantástica costumbre. Como tantos jóvenes, mi hijo se abrió un blog y empezó a llenarlo con sus cosas. Al comienzo bien pero nada extraordinario. Luego fue poniendo más y más cosas. De pronto, sin que me diera cuenta, ese niño que un día me enseñó emocionado un libro de Bukowski que le había prestado su amigo Paquico, se convirtió en el escritor que siempre quise que fuera, aunque nunca se lo dije. A pesar que trabajo enseñando a escribir a jóvenes que tienen el sueño de ser periodistas, nunca le di una clase, nunca le sugerí nada, nunca que lea un manual a algo parecido. El escritor que todos tenemos dentro le empezó a surgir y era hermoso, bello, inteligente, contundente. Como decía, cada tanto me manda su post de estreno. Me pide que se lo corrija y lo hago. Cada vez hay menos que corregir. Cada vez escribe mejor. Y es una alegría enorme, un milagro cotidiano leer sus ideas, su amor por la vida, sus luchas, su juventud arrolladora. ¡Qué pelotudo!, ya estaba encaminado y no me había dado cuenta. Qué tranquilidad que tengo ahora. Pase lo que pase ya nada cambiará el destino. En sus escritos mi hijo muestra que es una buena persona. Qué tranquilidad. Hoy más que nunca sé que valió la pena haberse roto el culo por ese pequeñito al que enseñé a volar la cometa.

jueves, febrero 07, 2008

SALUDEN CARAJO

La gente no saluda. Es como si el saludo disminuyera a la persona. Como si el saludo costara. Como si el saludo te hiciera menos. Me acabo de mudar a un condominio. 128 familias. Me encuentro con mucha gente. Algunos saludan, es cierto. Pero hay un grupo de personas que no saluda. Miran para abajo. Miran al costado. A un lado. Al otro. Es increíble. No lo entiendo. Con mis adolescentes alumnos universitarios lo converso bastante seguido. Saluden. Saludar es decirle al otro que le interesas. Es decirle que no tienes nada que ocultar. Es decir que no tienes miedo. Es decir mis padres invirtieron en mi educación y no los defraudo. No saludar es decirle a la gente, nadie me educó. No saludar indica algún problema de personalidad. Mi peregrinar por diferentes viviendas me llevó a vivir en un edificio. Malecón de Miraflores. El lugar era lo máximo. Unos quince pisos. Cuatro departamentos por piso. Gente de mucho dinero. Menos yo claro. Nunca me saludé con nadie. Yo soy bastante conchudo en eso. Puedo saludar hasta a los gritos. No tengo roche. Algunos no me daban la cara. Qué se creen. En la universidades donde trabajo, colegas que me ven y veo desde hace siete u ocho años, no saludan. ¿Tienen vergüenza? ¿Tienen complejos? ¿Por qué no saludan? Alguna vez me dijo Jaime Lértora, que es colega en la universidad y si saluda, que él entra a un ascensor y puede saludar a uno por uno. Yo no llego a tanto pero está muy bien. Tendrá algo que ver con nosotros. Con nuestra esencia cultural. No sé. Creo que finalmente somos el país que somos, por cosas como está. En Chile, Argentina y Colombia la gente es más educada. Nosotros ni sabemos saludar. Algunos. Tal vez por eso el país está como está. Hasta que no cambiemos nosotros el Perú seguirá siendo la vergüenza que es. Saluden carajo, no pasa nada y es gratuito.

jueves, noviembre 15, 2007

JUGANDO AL MUERTITO

(publicado en Caretas edición 2000. 31-10-07)

Apuntes para un banco de epitafios.

No le temo a la muerte, sólo que no me gustaría estar allí cuando suceda.

Woody Allen

La intuición es la mayor virtud que debe tener un periodista. Lo dice Jon Lee Anderson, que del oficio conoce bastante, y aunque todavía no aprobé esta materia creo que estoy cerca. Con un presentimiento que envidiaría Agustín Merino, pido a mi amigo el poeta Renato Cisneros que me escriba su epitafio. A pesar de que sus tiempos y los míos rara vez coinciden - es un tardón de mierda - Renato cumple con la solicitud a tiempo, tan a tiempo que casi se usa. Una semana después de darme su último aviso al mundo, los médicos que lo atendieron en La Oroya por un Edema de Glotis que casi termina en asfixia, dicen que estuvo a un triz de morir. - Me cagaste mi nota del día de los muertos - le increpo. Tiro al palo. Finalmente la intuición no fue tal. Esta vez no pude aprobar, Jon. Pero estuve cera.

Cuando el poeta muera quiere
que le pongan en su tumba:  
 Aquí yace el poeta Renato Cisneros:
“Vivió cantándole al amor.
Murió haciéndolo”
1976 - ¿?
Aunque tiene otra alternativa
posiblemente inspirada por Facundo Cabral:  
 
“No soy de aquí ni soy de allá”

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La muerte para los jóvenes es naufragio y para los viejos es llegar a puerto.

Baltasar Gracián

  

Andar pidiendo epitafios por ahí no es algo precisamente agradable. Cada uno tiene una relación distinta con la muerte que no es mejor ni peor, es simplemente tuya y listo. Para algunos esa relación es muy íntima, por eso ante la solicitud hay quien me mira raro, me dice que sí y luego viene el silencio. Insisto algo, no mucho, la respuesta es obvia y por supuesto válida. Otros simplemente se olvidan de atender mi solicitud.

Afortunadamente para mis propósitos, hay personas que no tienen problemas para hablar del tema. Una de ellas es Armando Robles Godoy. No llevo una estadística sobre sus decires pero creo que sobre la muerte habló tanto como sobre la masturbación. Lo que ya es decir bastante. ¿Habrá alguna relación? Sobre el sexo los franceses dicen que es la petit morte, la pequeña muerte. Entonces si la masturbación es el sexo con uno mismo la relación es total, pero ¿los que se masturban estarán cometiendo un petit suicidio?

Tal vez por eso don Armando tiene una relación cordial con la muerte. Me animo y le propongo que me escriba su epitafio, no tiene problemas. ¡Me encanta la idea! No usa mail así que el anuncio es telefónico. Me dice que cuando muera quiere que le pongan lo siguiente:

Amigos coman y beban… después lloren.

Armando Robles Godoy

1923 - ¿?

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Diferentes en la vida, los hombres son semejantes en la muerte.

Lao-tse

Guillermo Dañino sigue en la lista. No conozco una persona que tenga tan poco que ver con su apellido. Guillermo es una persona vital, estimulante, juvenil, muy juvenil. Uno lo escucha y le parece un pecado no ser entusiasta ni amar la vida. Tiene 78 años y es un biófilo empedernido. Ama la vida pero también tiene conciencia de la muerte. Tal vez por eso es tan vital. Guillermo debe ser el mayor cinólogo de estas y muchas otras tierras. Ama China y cuando le hago el pedido se encuentra en Pekín. Calamba, calamba me dice. Le encanta la idea. Es el primero en atender mi solicitud:

COMO NO PUDO QUEDARSE EN CHINA, SE FUE AL CIELO Guillermo Dañino, chino honoris causa

Lao Ji (Guillermo en lengua vulgar)

1929 - ¿?

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La muerte es el remedio de todos los males; pero no debemos echar mano de éste hasta última hora.

Molière

Tal vez sea exageración mía pero tomo mis precauciones para realizar tan absurda propuesta. El que sigue en la lista es otro poeta: Winston Orrillo. Con él no tengo problemas. Su cotidiano bombardeo de correos electrónicos me dan la confianza suficiente para lanzarle mi propuesta. Lo conozco y sé que Winston es atrevido y lúdico. Estoy casi seguro de que accederá a la propuesta. No me equivoco y realiza un fabuloso aporte. No está seguro, tiene varias propuestas. Una sale de su libro “50 poemas de años” precisamente del poema Epitafio:

"Vivió y convivió con las hogueras"

Winston se apertrecha de epitafios. No le tiene miedo a la muerte y cual fúnebre fanático, aumenta ideas a la lista.

"Fui, con otros, causante del fuego que amedrenta y espanta a los neutrales"

Y otro.

"Mi cuerpo será el humus para esos otros versos"

De todos el que más me gusta es el que pide prestado al poeta español José Ángel Valente.

"Soledad no de ti. Sed, pero no de agua"

Winston Orrillo, Poeta.

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Siempre son los demás los que se mueren.

Marcel Duchamp

Dicen los que saben, que para despertar la creatividad hay que desechar las ideas obvias. Aquellas que vienen automáticamente a tu cerebro. Lo creo y nunca tomo en cuenta la primera idea. Pero esta vez no cumplo. Es obvio que en esta lista debe estar Rafo Santa Cruz. Lógico, quien vive, piensa, estudia y trabaja en torno al cajón, instrumento, supongo que alguna vez habrá jugado con el otro, el mortuorio. Se lo propongo y acepta. A los pocos días me hace llegar su epitafio.

"Este cajón no lo escogí yo, pero parece ser el definitivo”

Rafael Santa Cruz. Músico, escritor, artista.

1951 - ¿?

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Existe el Infierno? ¿Existe Dios? ¿Resucitaremos después de la muerte? Ah, no olvidemos lo más importante: ¿Habrá mujeres allí?

Woody Allen

Posiblemente el escritor Jorge Díaz Herrera sea quien más se conmueve con la petición.

Aunque todavía pienso seguir un poquito más como inquilino del mundo, no me puedo perder la oportunidad, mi querido Carlos, de alegrarme por tu pedido, pues los epitafios siempre me han parecido un mensaje de ternura infinita. Te refiero dos, encontrados en los pabellones de párvulos de Trujillo y Tacna respectivamente:

Blanca paloma del Edén perdido.

Rozó apenas el mundo con sus alas.

Ave del cielo, retornó a su nido.

*

Caminante, no hagas ruido.

Baja el tono de tu voz.

Carmelita no se ha muerto.

Carmelita se ha dormido

en las rodillas de Dios.

Pronto te enviaré el mío, cosa seria, querido Carlos”.

Y por supuesto que cumple.

De la nada vine.

A la nada fui.

Caminante, te pregunto:

¿Quién está enterrado aquí?

Jorge Díaz Herrera

Ésta es una firma.

No una respuesta.

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Y termino de la peor manera. De la única que no se debe terminar. Alguna vez leí que el peor epitafio es aquel que el padre lee de su hijo. Mi tanatismo me lleva a pedirle a mi hijo que haga el suyo. Y cumple.

Corriendo con sus perros,

acariciando a sus gatos sobre caballos de viento, está ahora Carpote,

confundido con la naturaleza a la que siempre amó.

Carlos Bejarano P.

1978 -?